EL ESTIGMA DE OLOF PALME
Para los profanos y ajenos a una realidad de un país o un carácter, no hay mejor guía y embajador que la literatura de sus autores. Conocerás sus lugares y sus costumbres pero nunca habrás estado ahí.
Cuando pienso en Suecia, la primera imagen que viene a mi cabeza es Alfredo Landa en calzoncillos, montera calada y capote en mano, lidiando en ceñidas verónicas con suecas de volúmenes generosos y ligeras de ropas. Con menos sentimiento y más cabeza, caigo en el tópico de país frío con gente fría de muebles que montas en casa y coches seguros.
Podría escarbar más en lo evidente, pero lo que nunca pensaría es en un sustrato oscuro de crímenes y novela negra. Aunque no esperado es lo que encontrado, me he topado últimamente con gente que solo habla de asesinatos, de novelistas que escriben con manos ensangrentadas en la penumbra. Heninng Mankel, Siteg Larsson o John Ajvide Lindqvist han conseguido que me acueste más tarde dando vueltas en la cama pensado sobre los inescrutables caminos del suspense.

Del país de la social democracia y la cultura del bienestar donde nunca pasa nada, de los horarios extraños y las jornadas laborales normales, donde las mujeres son también fuertes y los niños se van de casa antes de empezar los estudios universitarios. En su otra cara, todavía debe perdurar el estigma de la muerte a tiros de Olof Palme a la salida del cine o el asesinato de Anna Lindh a puñaladas en unos grandes almacenes pidiendo socorro. Debió ser como cuando los yankies perdieron su supuesta inocencia con la muerte de Kennedy. Los suecos debieron caerse de su utopía de ministros sin escolta y chocolate caliente delante de la chimenea.
La violencia permanece sumergida bajo el hielo y súbitamente aparece rompiendo la fina capa de un sistema que no es tan perfecto.

Independientemente de exotismos y diferencias cultures entre países, lo que hace tan atractivas y leíbles estas novelas es lo cotidiano de las situaciones y los personajes, gente normal en situaciones que creemos extraordinarias que bajo este barro del día a día no parecen tan extraordinarias y llegan a ser hasta creíbles. Los crímenes se resuelven dando vueltas a las pruebas delante de una taza de café o fumando un cigarillo mientras se mira con la vista perdida a través de la ventana.
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